Las amenazas a las que están sometidas las empresas no sólo responden a su entorno más próximo: daños patrimoniales, personales, al medio ambiente o reclamaciones por responsabilidades. A estos riesgos cercanos, que son muchos y variados, debemos añadir los procedentes del ámbito internacional. Ante este panorama la empresa debe estar preparada y dotarse de herramientas que la permitan reaccionar de forma rápida, eficaz y eficiente en defensa de sus intereses y los de sus stakeholders.

Las crisis no advierten de su llegada. Suelen presentarse de forma de forma violenta y totalmente inesperada. Crean desconcierto, temor, angustia y limitan la capacidad para tomar decisiones rápidas y conforme a la magnitud del suceso. No olvidemos que las consecuencias de una crisis pueden ser devastadoras para la empresa.  Su reputación, el valor de la marca, los objetivos de negocio o lo que es aún peor la propia supervivencia de la empresa pueden verse seriamente amenazados.

El control de la comunicación y la formación del personal en este tipo de situaciones es fundamental y estratégico. Ninguna crisis bien gestionada se hace sin el control de los tiempos y el contenido de los mensajes que deben lanzarse tanto hacia el exterior como al interior de la empresa.